El antivirus era el espía: instalamos un guardaespaldas y resultó ser el paparazzi
Avast pagará 16,5 millones tras ser pillada vendiendo tu historial de navegación, provocando que los usuarios instalen ahora un antivirus para vigilar a su antivirus.

Llevo años diciéndole a mi cuñado que no se fíe de lo gratis en internet. Él, en cambio, mantenía que su ordenador estaba más blindado que un furgón de Prosegur gracias al escudito naranja. La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, la FTC, acaba de confirmar la sospecha: el vigilante del disco duro también hacía negocios con nosotros. Avast ha sido condenado a pagar 16,5 millones de dólares por recopilar datos de navegación y venderlos para publicidad mediante su filial Jumpshot, mientras garantizaba que protegería nuestra privacidad.
La ironía ocupa bastante pantalla. Instalamos un guardaespaldas digital para espantar a los curiosos del historial y el guardaespaldas se dedicaba a copiar nuestras búsquedas para revenderlas en la plaza mayor. «Es como poner a un zorro a vigilar a las gallinas y descubrir que ha montado una franquicia de pollo frito con tus aves», explicaba Eustaquio Cortafuegos, director de la Asociación de Víctimas de la Paranoia Cibernética. En ese momento desinstalaba el séptimo programa de su portátil.
La FTC ha prohibido a Avast vender o licenciar datos de navegación con fines publicitarios. Durante años, el antivirus que activaba sirenas porque una receta de croquetas parecía sospechosa tomaba nota de cuántas veces mirabas freidoras de aire. Después Jumpshot, nombre de bebida isotónica aunque dedicada a comerciar con la vida privada ajena, empaquetaba aquello y lo vendía. Tu navegación, por lo visto, era un secreto inquebrantable entre tú, la pantalla y unas cuantas empresas de publicidad.
“«Mi ordenador tarda días en encender porque los seis antivirus tienen que cachearse»”
Con eso ya había bastante. En las reuniones de las comunidades de vecinos cunde ahora un pánico administrativo: nadie sabe en quién confiar y algunos han empezado a protegerse de sus propios protectores. Se instala un antivirus para vigilar al primero; como el segundo tampoco inspira confianza, llega un tercero para hacer auditorías sorpresa. «Mi ordenador tarda días en encender porque los seis antivirus tienen que cachearse», protestaba un señor mientras esperaba turno en la pescadería.
Hemos soportado sus ventanas emergentes, sus avisos sobre equipos lentos y sus promesas de arreglarlo todo con un clic. Resulta que, según la FTC, mientras nos protegía de los rastreadores, vendía nuestros datos de navegación a través de Jumpshot. Nuestra intimidad acabó convertida en un mercadillo ambulante donde los anunciantes compraban, al peso, miserias cotidianas. Queda por saber qué aparecerá mañana. Tal vez la aplicación de linterna del móvil esté robando radiografías para colocárselas a los quiroprácticos.
Yo ya he tomado medidas. Desenchufé el router, lo envolví en papel de plata y lo guardé al fondo de un cajón. Para navegar por internet usaré la imaginación; para las cuentas de casa, el ábaco. Nadie rastrea un ábaco ni le vende tu historial a los anunciantes. Aunque, a estas alturas, tampoco sorprendería que la FTC descubriera mañana un microchip de Jumpshot dentro de cada bola.