El patinete todoterreno se cree cabra montesa y huye a pastar a la sierra
Los vehículos de doble suspensión rechazan el asfalto urbano, exigen comer musgo y obligan a los oficinistas a escalar escarpados barrancos para ir a trabajar.

MADRID, la empresa alemana Egret ha diseñado el patinete eléctrico Egret Unit, con doble suspensión y hasta 100 kilómetros de autonomía, para caminos de grava y cuestas pronunciadas. La idea parecía razonable. Desde el pasado martes, sin embargo, los vehículos rechazan el asfalto y se desplazan en manadas hacia la sierra de Guadarrama, donde al parecer han decidido instalarse.
Todo empezó con detalles menores. Algunos usuarios comprobaron que el patinete no quería girar hacia la oficina y orientaba el faro led hacia las montañas mientras emitía berridos electrónicos de poca potencia. El Ministerio de Movilidad Feral atribuye el problema a la suspensión extrema: los patinetes habrían desarrollado conciencia de cabra montesa y ahora reclaman rocas escarpadas, musgo conectado a puertos USB y una vida alejada de los enchufes domésticos.
«Al principio pensé que el manillar estaba atascado, pero luego el patinete me obligó a cruzar un río helado y a escalar un barranco solo para llegar a la gestoría», explica Amador Cifuentes, oficinista que acude ya a las reuniones de contabilidad con piolets, crampones y el forro polar empapado. «La semana pasada mi vehículo formó un sindicato con otros modelos de doble amortiguación. Exigen sustituir la M-30 por una cordillera alpina intacta o harán huelga de frenos en los descensos».
“Exigen que la M-30 sea reemplazada por una cordillera alpina intacta.”
Ese desacuerdo con la vida urbana se nota en el centro. Los patinetes pastan en las glorietas y mastican grava ornamental para afilar los discos de freno. También se han visto varios saltando de balcón en balcón por bloques de pisos, usando las antenas parabólicas como territorio de cría estacional. A cualquier ciudadano con traje y corbata que pretenda subirse a la plataforma le exigen antes un poema sobre la inmensidad del viento y la libertad de las laderas. La corbata, por lo visto, les irrita.
Silvia Montes, portavoz del recién creado Comité para la Domesticación de Vehículos Electrónicos Silvestres, ha pedido calma ante el caos. «Negociamos con el líder de la manada, un patinete alfa que reclama derechos de pastoreo en los despachos de los directivos y barro fresco ilimitado para untarse los neumáticos», declara mientras esquiva a tres patinetes que intentan cornear una farola. «Por ahora han aceptado no embestir a los carteros, siempre que huelan a pino silvestre».
La negociación ha dejado problemas más domésticos. Las comunidades de vecinos convocan plenos extraordinarios por el ruido de los motores revolucionados durante el celo de los patinetes, que coincide, para desgracia de todos, con la siesta. Hay residentes que dejan cuencos con piedras puntiagudas en el portal para calmarlos. Otros levantan establos de fibra de carbono en las plazas de garaje subterráneas, pensando en las tormentas de verano y, de paso, en los coches que aún conservan los retrovisores.
El ayuntamiento estudia si los carriles bici deben convertirse en cañadas reales de trashumancia eléctrica. Hasta que tome una decisión, quien necesite llegar al trabajo tendrá que demostrar cierta resistencia alpina. Los manuales del nuevo todoterreno ya no traen instrucciones de carga: incluyen mapas topográficos, consejos ante avalanchas inesperadas y un silbato pequeño para llamar al patinete cuando decida pasar el fin de semana meditando solo en la cima nevada del pico Mulhacén.