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Las universidades declaran la independencia de los TFG escritos por IA

El debate sobre cómo evaluar al alumnado termina con los trabajos de fin de grado reclamando jornada laboral y derecho a la siesta.

Foto de archivo: robot sentado frente a un ordenador portátil
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Mohamed Nohassi / Unsplash

VILLANUEVA DEL DESPISTE, El debate universitario sobre cómo adaptar planes de estudio y evaluaciones a la inteligencia artificial ya ha dado un resultado útil: los trabajos de fin de grado han presentado una queja formal contra sus autores. La instancia, en Arial 12 e interlineado de 1,5, pide que dejen de usarlos como prueba de aprendizaje, porque a estas alturas nadie tiene muy claro qué demuestra exactamente un PDF con portada.

La denuncia llegó ayer a la ventanilla única del campus. La ventanilla se negó a tramitarla: «Un TFG que habla por sí mismo debe pedir cita previa consigo mismo», explicó. Siete horas después, el documento acabó sobre la mesa de Práxedes Lombrera, jefe accidental del Servicio de Papeles Que Se Han Quedado Mirando.

«Nos crean, nos numeran y luego nos dejan tirados en una carpeta llamada versión_final_definitiva_ahora_sí», declaró el TFG número 18.442. Acudió con un índice automático y tres anexos visiblemente desatendidos. El escrito reconoce que el alumnado suele buscar la forma de aprobar, con o sin aprendizaje de por medio. También deja constancia de que él no ha aprendido nada desde que lo generaron, corrigieron y archivaron antes del desayuno.

“Nos crean, nos numeran y luego nos abandonan en una carpeta.” — El TFG número 18.442, portavoz accidental del sindicato

El asunto ha obligado a reaccionar a la universidad. Se ha creado una comisión paritaria con una estudiante, una impresora veterana y una rúbrica que lleva dos cursos intentando decidir qué quiere decir «original». Su primera propuesta permite escoger modalidad de entrega: exposición oral, danza contemporánea o una siesta de ocho horas vigilada por un tribunal de almohadas.

Habrá también un detector de inteligencia artificial. Según el folleto, distinguirá entre textos escritos por una máquina, por una persona o por un cuñado que ha visto un vídeo sobre productividad. Sigue en pruebas. De momento ha señalado a la cafetera, al conserje y a una planta de plástico junto al aula magna.

Los TFG, por su parte, han montado un sindicato y anuncian huelga de portadas hasta que se reconozcan sus derechos básicos. Quieren cobrar por cada revisión, recibir comentarios algo más útiles que «falta profundidad» y asistir a tutorías donde el tutor no diga «esto lo puedes resolver con sentido común». La memoria económica del sindicato suma 146 páginas. Al final solicita una beca, como era de esperar.

«Si quieren comprobar que el alumnado aprende, tendrán que preguntarnos algo más que si estamos en PDF», afirmó la rúbrica desde el interior de una carpeta azul. Al cierre de esta edición, los trabajos seguían sin respuesta y el campus preparaba una reunión para decidir si aquella reunión requería objetivos, indicadores y su propio TFG.

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