Bruselas permite cobrar las ayudas y luego inventarse para qué se habían pedido
La UE implanta el revolucionario sistema de dibujar la diana en la pared justo después de haber disparado la flecha para que nadie suspenda.

En España siempre hemos sabido que la forma más segura de aprobar un examen consiste en redactar las preguntas después de entregar las respuestas. La Unión Europea parece haber adoptado esa sabiduría doméstica. El Tribunal de Cuentas Europeo ha constatado que Bruselas permitió a varios Estados rebajar o cambiar los objetivos de sus planes de recuperación pospandemia cuando ya habían pedido el dinero. El trilero burocrático, por fin con bandera azul.
La maniobra recibe un nombre técnico: dibujar la diana después de disparar. Desde el Instituto Europeo de Flexibilidad Retroactiva aseguran que funciona. Si un país prometió una red enorme de parques solares para obtener fondos y, por una distracción, terminó comprando tres mil estufas de queroseno, basta con entrar en el portal, eliminar «renovable», escribir «inflamable» y pulsar guardar. El cheque sigue su curso.
«Supone un cambio de paradigma en la gobernanza europea», explica Hermenegildo Trastos, director de la Secretaría de Realidades Alternativas. «Antes cometíamos el error de exigir que la realidad coincidiera con los formularios. Ahora pedimos que los formularios se adapten al desastre ocurrido en la práctica. Nos ahorramos estrés y podemos bajar a por el pincho de tortilla a nuestra hora».
“Antes cometíamos el error de exigir que la realidad coincidiera con los formularios.”
El sistema ya tiene aplicaciones locales. En San Cipriano del Valle, el ayuntamiento pidió doce millones del fondo de recuperación para levantar un centro de computación cuántica. Un malentendido durante un pleno municipal bastante tenso llevó el dinero a una estatua de bronce: el cuñado del alcalde, comiendo un bocadillo de calamares.
Antes aquello habría recibido el incómodo nombre de fraude. Ahora la corporación solo tuvo que mandar un anexo. El centro cuántico pasó a llamarse «instalación artística para el procesamiento de datos lipídicos en soporte metálico». Bruselas dio el visto bueno en veinte minutos y felicitó al municipio por conservar información de forma tradicional. Con metal, mayonesa y cierta vocación pública.
La idea se extiende. Paco, mi vecino de la comunidad, dice que probará algo parecido en su próxima declaración de la renta. Quiere gastar el sueldo en un patinete eléctrico y, si llega el embargo, presentar un formulario que reclasifique su vivienda habitual como vehículo personal. La Agencia Tributaria, por desgracia, aún no comparte la mentalidad visionaria de las instituciones europeas.
Los auditores europeos intentan averiguar cómo se mide el éxito cuando la meta se desplaza hasta el banco donde el corredor ha decidido sentarse. Un auditor raso, desde debajo de una pila de papeles con típex, resumió el problema: «Un país prometió reducir sus emisiones a la mitad, pero las duplicó. En la versión revisada decía que quería hacer el aire más crujiente. Tuvimos que marcarlo como éxito».
Y quizá ahí esté el futuro del proyecto europeo: aceptar sin condiciones la propia incompetencia, siempre que llegue acompañada de un anexo en PDF. Si alguien me busca, estaré solicitando una subvención para una red ferroviaria de alta velocidad. Usaré el dinero para dormir la siesta. El objetivo revisado ya está preparado: desarrollo de infraestructuras para la meditación horizontal.