SátiraNoticia real, exagerada hasta que confiesaDinero · 3 min de lectura

El puente aéreo estrena tarifa de lujo para huir del tren en Sants

Los retrasos ferroviarios empujan a los viajeros hacia billetes de avión cuyo precio ya incluye, según Hacienda imaginaria, una pequeña catedral.

Foto de archivo: coins and banknotes
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: stevepb / Pixabay

BARCELONA, Los viajeros atrapados en la conexión ferroviaria entre Madrid y Barcelona empiezan a ver el avión como una salida razonable. A los expertos les preocupa: hasta ayer, también consideraban razonable pasar tres horas ante una pantalla azul. Las incidencias y los retrasos han convertido el trayecto en una prueba de carácter. El precio del puente aéreo sube mientras tanto con la calma de quien no tiene competencia.

En Sants, varios pasajeros han dado por perdida la esperanza de salir a la hora prevista y han arrastrado las maletas hacia el aeropuerto. Allí les esperaba una tarifa tan alta que algunos pidieron examinarla desde lejos. «El billete cuesta lo mismo que una reforma integral, pero al menos la reforma no promete salir en siete minutos», explicó Maruja Castañón, portavoz de la Plataforma por el Viaje Caro y la Llegada Dudosa.

La tarifa, por supuesto, ya tiene quien la celebre. La Oficina Peninsular de Precios Desproporcionados, organismo que aún no existe, ha recibido el fenómeno con satisfacción. Ya cuenta con sello, himno y una sala de reuniones con forma de tarjeta de embarque. Su director accidental, Evaristo Pompón, atribuyó la subida a la ley de la oferta y la demanda, «y a la de la paciencia, que en España cotiza a la baja desde que se inventó el panel de llegadas».

El Observatorio del Viajero que Se Arrepiente en Tiempo Real sostiene que cada incidencia ferroviaria lleva a un ciudadano a calcular el precio del avión, cerrar los ojos y comprar antes de volver a abrirlos. El estudio se elaboró con una calculadora sin pilas y tres recibos arrugados. Su conclusión es sencilla: el viajero medio ya no quiere llegar pronto; quiere llegar antes de que su cuñado pregunte por mensaje si sigue en la estación.

Ahí entra el avión. Las aerolíneas no han tenido que decir nada para ver cómo el puente aéreo pasaba a ser transporte de emergencia para quienes eligieron el tren, precisamente, para no pagar una fortuna. Algunos pasajeros lo llaman «el taxi de los que han perdido la fe». Otros admiten que el precio incluye una experiencia espiritual completa: arrepentimiento durante la compra y silencio litúrgico al mirar la cuenta bancaria.

En los andenes, la escena se repite con discreción administrativa. Una familia compara horarios. Una ejecutiva cancela una reunión. Un hombre junto a una máquina de billetes asegura haber visto a su tarjeta de crédito «mirar al vacío». La Comunidad de Vecinos del Kilómetro 312, reunida en pleno extraordinario, ha propuesto llevar bocadillos al aeropuerto y aprobar una derrama para financiar la huida.

La espera sigue, aunque nadie parece dispuesto a llamarla así. Los viajeros deben escoger entre aguantar el tren o pagar una cantidad desorbitada por la posibilidad de llegar antes. El Ministerio de Decisiones que Nadie Quería Tomar estudia una medida provisional: una ventanilla donde, por una suma moderada, entregarán un certificado que acredite que el pasajero aún conserva la esperanza. Abrirá cuando llegue el próximo tren, según ha informado un reloj de pared.

Lo real es que las incidencias ferroviarias han empujado a viajeros y empresas hacia el avión y han disparado el precio del puente aéreo. Lo demás es la economía cuando le dejan redactar el comunicado.

La portavoz Maruja Castañón, de la Plataforma por el Viaje Caro y la Llegada Dudosa, junto a una maleta que exige indemnización

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PHOTO: Viajeros con maletas observan un billete de avión enmarcado como si fuera una obra de arte, mientras un panel de estación muestra una hora indeterminada.

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